miércoles, 31 de marzo de 2010

Cuento "hWord"

Este cuento fue publicado en la revista Axxón.

—Hoy entrevistamos al prolífico escritor y desarrollador de software Germán Catalano —dijo el periodista en un primer plano, luego la cámara amplió el cuadro y apareció la imagen sonriente de un hombre canoso y de bigotes de foca oscuros que saludaba con la cabeza—. ¿A qué se debe tamaña producción de novelas y libros de cuentos, a razón de uno por mes? —le preguntó sin más trámite con su voz estridente.

—Buenas noches, a usted y a toda la audiencia —comenzó diciendo el entrevistado con mucha calma—. Es bien sabido que la profusión de mi trabajo se debe al software que he desarrollado, el hWord, un verdadero hallazgo en el ámbito literario.

—Háblenos un poco más de ese software, por favor —intervino el periodista.

—En primer lugar tiene incorporada una base de datos de miles de escritores, desde Cervantes Saavedra hasta Saer, pasando por Borges, Hemingway y García Márquez. El software, entonces, compara el texto del usuario del hWord contra todos estos geniales autores y corrige sintaxis, gramática, palabras repetidas y otros errores comunes respetando el estilo y todo esto en tiempo real, es decir, mientras se escribe —dijo Catalano, haciendo el gesto de tipear en el aire.

—Es como tener a todos esos genios como tutores —interrumpió el entrevistador.

—Claro, por eso es capaz de sugerir párrafos enteros, escritos de manera impecable, como si leyera la mente del autor.

—¿Por qué se denomina “hWord”? —preguntó el periodista inclinándose un poco.

—Es por Hermes, el dios griego de la comunicación y ya sabe que Word era el procesador de textos de la extinta Microsoft, de modo que traté de aprovechar ese recuerdo popular para mi producto.

—Me han dicho que cada licencia es muy cara, ¿por qué, si ya lo tiene desarrollado?

—En primer lugar, no queremos que haya tantos escritores de éxito —dijo riendo Catalano—, en segundo lugar, estamos actualizando y alimentando en forma continua la base de datos que le mencioné, a tal punto que en un futuro habrá que tener sólo una buena idea y el hWord la escribirá por usted. Es por eso que creemos que el hWord es una especie de coautor tal como está explícito en su licencia de uso.

—Pero algunos escritores renombrados recibieron una copia gratis de su software.

—Sí, por supuesto, ellos prueban nuevas funcionalidades y nos envían sugerencias de muchísimo provecho para mejorar la versión que publicamos cada seis meses.

—¿El hWord reemplaza a las musas inspiradoras? —preguntó, insidioso, el entrevistador.

—Debe tener algo que comunicar, una idea, una inspiración como dice usted; luego hWord le permite jugar con párrafos, comienzos, finales y tiempos verbales hasta que usted quede satisfecho y con la certeza de un castellano perfecto —afirmó Catalano.

—Además, es dueño una editorial muy exitosa: la Editorial Software Hermes.

—Sí, me di ese lujo debido a mi producción literaria, de esa manera tengo el control de mis ediciones sin intermediarios —explicó Catalano con aire suficiente.

—Usted es un programador, un escritor y un empresario de éxito, lo felicito —dijo el periodista parándose y señalándolo con las dos manos en un gesto teatral.

—Muchas gracias —contestó sin humildad alguna Catalano y mientras sonreía, la televisión comenzó a pasar los comerciales.

Carlos Muñoz subió las escaleras mojado de sudor por los nervios y el calor. Esperaba que ese abogado hiciera justicia. Sí, Justicia con mayúsculas. Su rabia crecía a cada escalón y disminuyó cuando entró al vestíbulo fresco y bien amueblado.

Cargaba con un libro y su propio manuscrito que lo incomodaban, decidió esperar sentado a pesar de que no podía quedarse quieto.

“Me robaron y me las van a pagar”, pensaba mientras vigilaba para ver si la secretaria lo llamaba.

—Señor… —dijo por fin ella, mirándolo por sobre los lentes.

—Muñoz, Carlos Muñoz —respondió él, secándose los restos de transpiración de la frente con un pañuelo arrugado.

—Pase, señor Muñoz, el doctor Robasio lo espera.

El abogado se levantó de su asiento y le dio la mano con fuerza. Muñoz observó su sonrisa de político y se sintió menos seguro de llevar ante él su reclamo, pero había oído que era el mejor.

—Siéntese…

—Muñoz, Carlos Muñoz, doctor.

—Ah, sí, sí. ¿Es a usted a quien le copiaron la novela ésta de tanto éxito?


Ilustración: SBA

—Sí, “Poseídas”, esa misma. ¡Ni el título le cambiaron! ¡Mire! —dijo mostrándole su manuscrito puntillosamente encuadernado y el libro, uno en cada mano.

—¿Alguien habrá entrado a su casa y le robó el archivo u otro manuscrito? —dijo el abogado mirándose las uñas.

—¡Nadie! Sólo tengo impreso éste que ve aquí y tengo el documento digital encriptado con una clave de doce dígitos, combinaciones de letras, números y signos de puntuación que a una Cray le llevaría tres años quebrar —dijo con suficiencia Muñoz.

—¿No le mandó algún adelanto de su obra a algún amigo o amiga? —preguntó Robasio, haciendo énfasis en “amiga”.

—No y no, esta novela me iba a hacer rico y famoso, ¡no le mandé nada a nadie! —dijo, sacudiendo la cabeza como para que no quedara la menor duda.

—¿Entonces se la apropió la editorial a la cual se la envió para que se la publiquen?

—Escuche, doctor, muy atentamente, ésta —volvió a señalar las hojas prolijamente impresas— es la única copia. ¿Capito?

El abogado tomó el manuscrito y el libro. El autor de “Poseídas” era el mismo Germán Catalano. En la contratapa estaban impresos muchos otros best-sellers de los más diversos géneros junto a su cara sonriente.

—¡Ladrón! —gritó Muñoz agitando la mano al verlo.

—Editorial Software Hermes —leyó el abogado.

—Sí, ellos venden su procesador de textos, el “hWord”, que nos facilita tanto la vida a nosotros, los escritores —dijo Muñoz con un dejo de pedantería—. Corrige la ortografía, la gramática, los excesos de adjetivos, las frases largas y los sonsonetes. Si es una poesía busca sonoridad, ritmo y por supuesto, la rima. Hasta es capaz de corregir el estilo. Un escritor con buenas ideas sólo tiene que sentarse a escribir y el hWord hace su magia —terminó de decir haciendo un gesto en el aire.

—Sí, anoche mismo vi la entrevista que le hicieron a Germán Catalano —dijo el abogado mirando los textos con detenimiento—. Veo que es copia palabra por palabra —comentó, luego de pasar algunas páginas.

—Quiero resarcimiento económico y moral —suspiró Muñoz indignado.

—Sólo falta demostrar que usted lo escribió antes —respondió con cierta ironía Robasio.

Sin decir nada, Muñoz sacó de su bolsillo un paquete cerrado con un matasellos y le mostró la fecha.

—Hace tres meses, me envié a mí mismo un DVD con la novela por correo, ¿ve?

—Bien, vamos a ver qué podemos hacer —dijo mientras lo despedía.

Muñoz bajó las escaleras más aliviado, quizás dentro de poco tiempo su nombre y su foto reemplazarían a los de Germán Catalano.

Ya en su casa aplicó el parche al hWord para que siguiera funcionando un mes más. Como muchos colegas, lo había hecho funcionar mediante un crack escondido en la Red, muy laborioso de instalar y que exigía actualizarlo periódicamente desde la misma Internet.

Sólo de esa manera lo podía utilizar, su costo era prohibitivo para él como para casi todos sus conocidos. Odiaba a la Editora Software Hermes, ¿por qué vendía tan cara cada licencia? De algún modo se merecía que usara el hWord sin pagarlo, era una suerte de justicia poética.

Unos dos meses después el teléfono despertó a Muñoz muy temprano a la mañana.

—Soy el doctor Robasio —escuchó entredormido—, debe venir urgente al juzgado, tenemos una audiencia con el juez y la editora.

Gruñó al teléfono una respuesta y cortó, se bañó, se afeitó con cuidado y eligió su mejor traje para vestirse, seguro que ganaba el caso. No había dudas de que “Poseídas” era suya, su novela.

Ya en la calle paró un taxi, ahora que iba a ser rico podía darse esos lujos. Todavía estaba dormido cuando llegó a los tribunales. Unos inquietantes autos con vidrios polarizados estaban estacionados a la entrada del edificio. Cuando llegó a la puerta el doctor Robasio lo saludó con efusión apretándole la mano.

—Ganaremos con mucha facilidad —le dijo sin soltarlo.

—Me dijeron que usted era uno de los mejores —respondió Muñoz, exultante.

Robasio le palmeó la espalda y entraron a la sala.

El juez entró un poco después y Robasio demostró sin dudas que la obra le pertenecía a Muñoz.

Germán Catalano y los abogados de la empresa escuchaban impasibles. Cuando les tocó el turno, se levantó el de más baja estatura, miró a la sala y al juez, luego señaló a Muñoz.

—Este señor dice que le plagiamos su obra, sin embargo, él la escribió usando una copia ilegal del hWord de nuestra editora —dijo con voz de barítono—. En consecuencia no pagó por el desarrollo de nuestros correctores de gramática, de ortografía y otras herramientas que posee nuestro producto. Aquí tenemos —dijo desplegando un largo listado— todos los parches ilegales —hizo énfasis en la palabra “ilegales”— que el demandante usó para continuar su uso y violar la licencia una y otra vez.

—¿Es cierto eso? —preguntó Robasio a Muñoz en voz baja.

Muñoz no contestó, estaba sudando como cada vez que se ponía nervioso y se acomodó la corbata. Miró hacia atrás y vio a dos policías firmes ante la entrada. ¿Cómo saben que usé esos cracks y que la copia es ilegal?, pensaba mientras miraba al abogado sin poder decir palabra.

—Por lo tanto —prosiguió el hombrecito—, “Poseídas” nos pertenece tal como lo dice la licencia de uso violada por el señor Carlos Muñoz, quien además adeuda todas y cada una de las actualizaciones, lo que suma la cantidad de dos millones de créditos internacionales, que si no son pagados en este mismo acto, nuestra empresa pide que sea puesto en custodia hasta tanto cancele la deuda con sus correspondientes intereses.

El juez hizo una seña a unos uniformados que esposaron a Muñoz.

—¡Ladrones, malditos! La obra es mía, mía —gritaba Muñoz. Los policías lo arrastraron y lo sacaron del recinto sin mucha delicadeza.

—¿Hay muchos que usan sus parches? —le preguntó Robasio a Catalano cuando vio que Muñoz ya no podía escucharlo.

—Muchos —respondió sonriendo Catalano.

—Admirable —dijo Robasio, entrecerrando los ojos.

—Vendo pocas licencias del hWord —dijo saliendo y apoyando la mano en el hombro del abogado—, son muy caras; pero como ve, estimado doctor, le encontré la vuelta para tener muchas ideas y además ya escritas; nadie lee las licencias de uso y todos quieren una copia del hWord sin pagar un centavo, así que les dejo los parches que son muy difíciles de instalar adrede, ¿sabe por qué?

—¿Por qué? —preguntó Robasio en la puerta del juzgado, disfrutando de un cigarro.

—Es en realidad un programa que me envía todos y cada uno de los patéticos manuscritos de estos perdedores —Catalano hizo una pausa como para que el abogado sopesara sus palabras.

—Usted se los roba —dijo con una sonrisa cómplice el abogado.

—No —lo corrigió sonriente—, el hWord es el coautor, no lo olvide. Y yo —dijo señalándose con el pulgar—, soy el autor del hWord. Ellos usan ilegalmente mi programa, haciendo enormes esfuerzos para instalar mis propios parches y cracks, ¿no soy genial? —preguntó, sonriente bajos sus mostachos, Catalano.

—Sí, sí —respondió molesto Robasio—, ahora págueme mi parte. Tal como se lo prometí, lo traje al juzgado para que usted se lo saque de encima usando todo el peso de la ley.

—Por supuesto, doctor —dijo dándole un cheque—. ¿Sabe? Son tan perezosos que tampoco se dan cuenta de que Hermes, además de ser el dios de la comunicación y de los médicos —Catalano hizo una pausa, creando suspenso— es el de los ladrones y los estafadores. ¡Soy un completo genio! —terminó de decir con una risotada.

Robasio lo miró asustado y apuró sus pasos hasta un taxi.

—Dios me valga con estos escritores. Sáqueme rápido de aquí —le dijo al chofer apenas abrió la puerta.

miércoles, 27 de enero de 2010

Redención

Llegó la redención luego de una profunda reflexión y análisis de todas las posibilidades.
Me refiero a la entrada anterior, denominada "Soledad".
Ayer me asaltaron cual epifanía algunas ideas. ¿Y si yo era quién tenía que tomar el problema entre mis manos? ¿Si era yo quien tenía que proponer una solución ante un problema que inconcientemente había ocasionado?
Funcionamos de manera curiosa, con subas y bajas en la comprensión y en la capacidad de cosas que podemos abarcar con la conciencia.
A mi mente se agolparon posibles salidas a la pequeña crisis, lo mejor hubiera sido que pidiera otro plato igual y mientras compartíamos el que había pedido para mí mismo.
El incidente me regaló largos momentos de meditación e introspección, le debo dar las gracias; sí señor.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

La soledad

Hoy tuve una experiencia formidable. Quisiera compartila con quien quiera leerla y conmigo mismo para no olvidarla, aunque creo que es algo que quedará clavada por siempre en mi memoria.
Los lunes y miércoles me quedo a comer en el trabajo, hago horario corrido. Por lo general me tomo el trabajo de hacerlo yo mismo, lo cual implica ir escritorio por escritorio, esperar a que escriban en un papel que envía la rotisería lo que desean y luego llamar por teléfono para transmitir lo que seleccionaron los comensales.
Para mí es una forma de estar al servicio de mis compañeros, de distenderme un poco y de ser útil de manera concreta: todo un ejercicio.
Uno de mis compañeros no suele estar a la hora de la desición, por lo cual hago el pedido por él (recuerden que me toca sólo los lunes y miércoles).
Hoy miércoles me olvidé de él y por lo tanto no tenía que almorzar. Lo más justo es que yo pagara mi error y le dejé mi almuerzo y volví a mi puesto de trabajo a tratar de aprovechar la hora que de otro modo usaría en almorzar.
Como mi estómago está adaptado a comer a esta hora, se queja contínuamente inyectando pensamientos que me están atormentando.
En primer lugar, siento que nadie se solidarizó con mi error, todos se sentaron a comer en silencio.
No puedo dejar de considerar que en el lugar de mi compañero hubiera compartido el plato, en un gesto contemporizador y de compartir lo poco o mucho que se tiene.
El hecho desnuda lo que somos, en mi caso mis expectativas frente a mi propia conducta y la de los demás.
No puedo ni debo alegar nada, cometí un error y creo haberlo subsanado.
¿Si esperaba otra cosa de ellos?
Sí, lo confieso y eso demuestra todo el camino que me falta por recorrer.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Un método para resolver problemas complejos

Método Douglas

Una vez leí que para construir aviones, se lo hacía por anillos. Cada anillo era cuidadosamente revisado en busca de fallas y luego montado cuando se estaba absolutamente seguro de que estaba terminado y en funcionamiento.

Dudo que eso que leí o escuché sea correcto, pero a partir de eso comencé a aplicar esa metodología en mis tareas diarias que entonces eran eminentemente técnicas.

Recuerdo una red de área local con cableado coaxil que se negaba a funcionar correctamente. Todos recordamos esas redes, fallaba alguna "T" y nos quedábamos sin la red y con los usuarios corriendo de aquí para allá... buscándonos.

Ese era uno de los típicos casos donde se aplicaba el "método Douglas". Estación de trabajo por estación de trabajo, iba probando cada conector "T", los "BNC" con terminadores que estaba seguro eran correctos porque los había construído yo mismo.

Con un ómhetro, paciencia y paso a paso, siempre era capaz de detectar la falla y repararla. Cada tramo de la red era un anillo del avión que iba armando hasta que por fin, quedaba todo funcionando. Si utilizaba el mismo método para el armado de las redes con cable coaxial, el éxito estaba garantizado.

Pronto descubrí que ese método se podía aplicar en muchas otras situaciones. La más común eran las fallas extrañas en las PC o computadoras personales. Siempre partía de determinar si la falla era física (de hardware) o de software, luego iba paso a paso hasta llegar al componente defectuoso.

El método me hizo desconfiado de las determinaciones tempranas, las suposiciones rápidas y aún en el confiar en corazonadas. El método Douglas barría con todas las incertezas.

Se podría objetar que era poco creativo y mecanizante, pero allí estaba su mayor ventaja. Una vez que se separaba el problema en pedacitos pequeños y controlables, era cuestión de ir paso a paso hasta terminar con el asunto.

El concepto del "método Douglas" fue ampliándose en aspectos menos técnicos pero de peso.

Hacerse preguntas tales como:

  • ¿Dejé el medio extraíble en la diskettera/compactera?
  • ¿Dejé correctamente encendido los periféricos?
  • ¿No hice que algun componente de software dejase de funcionar?
  • ¿Dejé la factura por mis servicios?
  • ¿Ellos tienen mi teléfono?

Pronto entraron como una rutina a ser ejecutada con cada servicio o reparación.

Hagan la prueba, adopten el "método Douglas" en sus reparaciones diarias y verán como pensar de antemano y dividir las tareas en otras más pequeñas le ahorran tiempo y esfuerzo.

domingo, 3 de mayo de 2009

Estrategias

Este relato fue seleccionado para ser leído en el marco del IV Congreso Argentino de Go

Le agradezco profundamente a los organizadores por la oportunidad (me dieron un lindo diploma en el salón Centenario del Jardín Japonés luego de leerlo ante la audiencia).
Uno podía elegir leerlo por si mismo o bien que lo haga un actor. Elegí leerlo por mí mismo. Cuando un actor leyó el primer cuento, me sentí intimidado; sin embargo cuando me tocó el turno, avancé a paso aikidoka marcial y tomé el toro por las astas.

Este cuento es el resultado de una extraña mezcla del taller Máquinas y Monos de la revista Axxón, donde la consigna era escribir sin adjetivos ni adverbios (qué mejor que una historia de samurais) y la inspiración que me dio la convocatoria mencionada.

Tengo que agradecerle a Laura Ponce por las valiosas sugerencias que le hizo al original y que dio como resultado el cuento seleccionado, además de eso asistió al evento y me alcanzó las fabulosas revistas SENSACION! y PROXIMA.

Espero en breve tener algunas fotos para colgar de este evento.

He aquí el cuento:

Estrategias

Miyamoto Mushashi miró al mensajero. Con un gesto le indicó que hablara luego de señalarle a su adversario el tablero del go. Era su turno.

Su sobrino Saîto fue raptado ―dijo resoplando e inclinándose.

¿Qué quieren? ―preguntó mirando nuevamente el juego, sin inmutarse.

Que vaya a rescatarlo ―respondió en un susurro―. Quieren su vida por la de él.

¿Cuándo y dónde? ―preguntó y crispó la mano en el puño del katana.

Esta noche en el claro del bosque ―dijo, y se apartó un poco al ver el gesto del samuraî.

Ve y diles que iré ―respondió soltando el arma.

El mensajero saludó y partió corriendo. Saîto atrapado por los ninjas, pensó mirando a su oponente a quien saludó ceremoniosamente antes de levantarse. Caminó hasta la arena. Con el dedo dibujó un cuadriculado de siete por siete y puso dos guijarros blancos, uno en la esquina y otro más en la intersección que le seguía. Luego puso en cada cruce cuatro negros acorralándolos. Su adversario lo vio de lejos agachado, mirando el suelo. Él pensó un largo rato, de pronto sonrió y partió a paso calmado a prepararse.

La luna llena iluminaba el bosque. Mushashi caminó hasta ver a Saîto atado a un cerezo con las manos amarradas hacia atrás. Desenfundó el katana y miró con cuidado pero no pudo distinguir a ningún enemigo. Si trataba de desatarlo, debería guardar su arma y los matarían. Eso si podía acercársele sin ser antes rodeado.

Corrió hasta su sobrino y sin dudar le cortó la garganta, y armó la guardia delante de Saîto, quien se desangraba sostenido por sus ataduras. Los ninjas desconcertados salieron de su escondite y lo atacaron. Silbó el katana y Miyamoto le rebaño el cráneo a uno, con el mismo impulso giró y le abrió el vientre a otro, de donde cayeron humeantes los intestinos. Un tercero lo atacó de atrás; Miyamoto se arrodilló y girando le clavó el katana en el abdomen. Con un grito liberó el arma y cortó de abajo hacia arriba en un círculo letal a otro que saltó a su lado con el sable en alto. Se paró, limpió la sangre del katana sacudiéndolo, caminó por el bosque hasta estar seguro de estar solo y envainó de espaldas a un árbol, pidiéndole a los dioses que le hagan comprender a su hermana la muerte de su hijo. Caminó hasta el cerezo, desató el cadáver, lo envolvió con su capa y lo cargó emprendiendo el camino de regreso.


En la arena, bajo la luna, el tablero de siete por siete tenía dibujado otra retícula pegada a la anterior; cinco guijarros habían sido quitados y en lo que era ahora casi el centro quedaba uno, blanco.

Mushasi dejó con cuidado el cuerpo de Saîto en el suelo. Tomó las piedras que yacían al lado del improvisado tablero de go. Cabizbajo las tiró una por una al estanque que le pareció una mancha de sangre negra, tan negra como la derramada en el bosque por el efecto de la luz de la luna, y pensó en el juego que había dejado pendiente; en aquel no podía agrandar el tablero.


jueves, 20 de noviembre de 2008

¿Qué es el Software libre?

Exhorto

Libérese y libere su mente. El software libre es un movimiento ético con alcances incalculables que crece dia a dia. No mendigue más por el uso de su propia computadora, salga al mundo diverso y salvaje de la verdadera informática, ¡la que es libre!


A pesar de la abundante información que hay en la red, creo que a los legos en informática, los "usuarios", no les queda nada claro qué es el software libre, este es un intento por explicarlo. Ustedes los lectores me dirán si lo he logrado.

La trampa

Cuando usted adquiere un paquete de software, supongamos un Office de Microsoft, compra una licencia de uso. El CD que viene en una cajita con algún manual de instalación o uso es sólo el soporte del software que usted va a usar en su computadora y bajo ciertas condiciones que le da el productor del software o empresa desarrolladora.

Tomemos como ejemplo Microsoft Word. Puede usarlo en una sola computadora, por más que usted tenga dos o más en su casa u oficina. Si instala el procesaro de textos mencionado en otra máquina, sea suya o la de un amigo, está rompiendo con la licencia de uso que le dió Microsoft y que usted aceptó en algún momento de la instalación, cuando hace "clic" aquí y allá despreocupadamente.



Ahora usted está preso de una lógica de hierro, lo privaron de su libertad, debe elegir entre la amistad o la ley, porque si le copia el software a un amigo rompe con la licencia de uso y por lo tanto con la ley. Es por eso que este tipo de software se lo denomina software privativo.

Porque no sólo aceptó la licencia sino que hizo toda una serie de complejas operaciones como poner claves, llamar por teléfono para que la activación y otras cosas por el estilo.

Es decir que no sólo pagó por un permiso, sino que además ocupó bastante de su tiempo en que la empresa editora, en este caso Microsoft, se ocupara de que usted se impidiera a sí mismo el uso del software en otras computadoras.

¡Libertad, libertad, libertad!

Supongamos que usted no tenga que andar haciendo malabares para comprar licencias más baratas para su organización, empresa o casa y pueda instalar todas las veces que quiera el software que necesita, en este caso un procesador de texto.

Supongamos que se lo pueda dar libremente a un amigo que lo necesita y con lo que le soluciona un problema.

Supongamos que usted es programador y quiera agregarle funcionalidades al procesador de texto y compartir con otros sus mejoras.

¡Con el software libre puede!

El software libre le garantiza a usted cuatro libertades, a saber (extraído de la Wikipedia):

Libertad 0 Libertad 1 Libertad 2 Libertad 3
Ejecutar el programa con cualquier propósito (privado, educativo, público, comercial, militar, etc.) Estudiar y modificar el programa (para lo cual es necesario poder acceder al código fuente) Copiar el programa de manera que se pueda ayudar al vecino o a cualquiera Mejorar el programa y publicar las mejoras
Es importante señalar que las libertades 1 y 3 obligan a que se tenga acceso al código fuente.
La "libertad 2" hace referencia a la libertad de modificar y redistribuir el software libremente licenciado bajo algún tipo de licencia de software libre que beneficie a la comunidad.


Y además, la mayoría de las veces, el software libre es GRATIS.

Si usted quiere saber más del tema, puede buscar en los siguientes lugares:

Sitio de la Fundación Software Libre, fundada por Richard Stallman
Sitio del Proyecto GNU

jueves, 23 de octubre de 2008

Una heroína anónima

Este homenaje a mi madre fue publicado en el diario El Litoral de Santa Fe

Esta es la historia de una heroína anónima. Su historia de heroína comienza cuando muere su esposo, al que a todas luces quería con toda su alma: aún luego de cuarenta y tantos años se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de él. No sé cómo hizo para seguir adelante con su dolor; sus hijos eran pequeños.

En aquellos años era poco común que una mujer se encargara de una explotación agropecuaria, pero ella tomó los campos que su esposo había heredado de sus padres y los manejó con mano de hierro. Sus logros desmentían su pasado como ama de casa y artista, como madre de tres pequeños hijos, que cocinaba como los dioses. Ahora andaba a caballo por los montes, discutía los precios con los duros campesinos y creaba nuevos negocios, todo con un sentido común asombroso, con el afán propio de quien pone todo su ser en algo.

En aquellos años, toda vestida de negro, se la veía llorar en los rincones y luego arrear el ganado a caballo a despecho del machismo que campeaba hace tantos años y que aún está entre nosotros. No puedo enumerar aquí las cosas que hizo, la cantidad de empresas que acometió, en las cuales tuvo más o menos éxito.

El mayor de sus hijos tenía catorce años cuando salió corriendo atrás del colectivo que lo llevaría a su casa. Quizás la alegría de haber salido antes del colegio hizo que saliera disparado atravesando la plaza que lo separaba de la parada. En el semáforo estaba detenido un colectivo y tenía la oportunidad de alcanzarlo. Cae cuando trata de subir, el colectivo pisa ambas piernas del muchacho, estando desparramado en el pavimento.

Sólo habían pasado cuatro años de su viudez, ahora su hijo estaba a punto de morir o de quedar sin una o dos de sus piernas. Quiso lo mejor para él y dejó todo para atenderlo, todos sus negocios, aquello que había edificado con ahínco.

Puedo hablar de la alegría de nuestra heroína cuando vio que su hijo estaba vivo y no muerto como lo suponía.

Los médicos aconsejaron la amputación de las dos piernas en el acto para evitar la gangrena y la muerte, pero ella decidió que no tenía que ser así. En esa situación una amiga le trajo la noticia de un nuevo método para tratar estos tipos de accidentes. Esta mujer no dudó en llevar a su hijo a otro sanatorio donde luego de incansables noches en vela y de olvidarse de sí misma logró hacer que este muchacho de catorce años conservara sus dos piernas.

Una de ellas, la izquierda, le recuerda a su hijo -es decir a mí- su inmenso coraje. No sólo me dio la vida, sino que cuidó mi integridad física a pesar de todo y de todos. Y de paso me dejó una lección vital de tenacidad, fortaleza y voluntad. Valga este homenaje a mi madre: otra heroína anónima.