Relatos de poder

Cuentos y opiniones que no quiero olvidar.

miércoles 19 de agosto de 2009

Un método para resolver problemas complejos

Método Douglas

Una vez leí que para construir aviones, se lo hacía por anillos. Cada anillo era cuidadosamente revisado en busca de fallas y luego montado cuando se estaba absolutamente seguro de que estaba terminado y en funcionamiento.

Dudo que eso que leí o escuché sea correcto, pero a partir de eso comencé a aplicar esa metodología en mis tareas diarias que entonces eran eminentemente técnicas.

Recuerdo una red de área local con cableado coaxil que se negaba a funcionar correctamente. Todos recordamos esas redes, fallaba alguna "T" y nos quedábamos sin la red y con los usuarios corriendo de aquí para allá... buscándonos.

Ese era uno de los típicos casos donde se aplicaba el "método Douglas". Estación de trabajo por estación de trabajo, iba probando cada conector "T", los "BNC" con terminadores que estaba seguro eran correctos porque los había construído yo mismo.

Con un ómhetro, paciencia y paso a paso, siempre era capaz de detectar la falla y repararla. Cada tramo de la red era un anillo del avión que iba armando hasta que por fin, quedaba todo funcionando. Si utilizaba el mismo método para el armado de las redes con cable coaxial, el éxito estaba garantizado.

Pronto descubrí que ese método se podía aplicar en muchas otras situaciones. La más común eran las fallas extrañas en las PC o computadoras personales. Siempre partía de determinar si la falla era física (de hardware) o de software, luego iba paso a paso hasta llegar al componente defectuoso.

El método me hizo desconfiado de las determinaciones tempranas, las suposiciones rápidas y aún en el confiar en corazonadas. El método Douglas barría con todas las incertezas.

Se podría objetar que era poco creativo y mecanizante, pero allí estaba su mayor ventaja. Una vez que se separaba el problema en pedacitos pequeños y controlables, era cuestión de ir paso a paso hasta terminar con el asunto.

El concepto del "método Douglas" fue ampliándose en aspectos menos técnicos pero de peso.

Hacerse preguntas tales como:

  • ¿Dejé el medio extraíble en la diskettera/compactera?
  • ¿Dejé correctamente encendido los periféricos?
  • ¿No hice que algun componente de software dejase de funcionar?
  • ¿Dejé la factura por mis servicios?
  • ¿Ellos tienen mi teléfono?

Pronto entraron como una rutina a ser ejecutada con cada servicio o reparación.

Hagan la prueba, adopten el "método Douglas" en sus reparaciones diarias y verán como pensar de antemano y dividir las tareas en otras más pequeñas le ahorran tiempo y esfuerzo.

domingo 3 de mayo de 2009

Estrategias

Este relato fue seleccionado para ser leído en el marco del IV Congreso Argentino de Go

Le agradezco profundamente a los organizadores por la oportunidad (me dieron un lindo diploma en el salón Centenario del Jardín Japonés luego de leerlo ante la audiencia).
Uno podía elegir leerlo por si mismo o bien que lo haga un actor. Elegí leerlo por mí mismo. Cuando un actor leyó el primer cuento, me sentí intimidado; sin embargo cuando me tocó el turno, avancé a paso aikidoka marcial y tomé el toro por las astas.

Este cuento es el resultado de una extraña mezcla del taller Máquinas y Monos de la revista Axxón, donde la consigna era escribir sin adjetivos ni adverbios (qué mejor que una historia de samurais) y la inspiración que me dio la convocatoria mencionada.

Tengo que agradecerle a Laura Ponce por las valiosas sugerencias que le hizo al original y que dio como resultado el cuento seleccionado, además de eso asistió al evento y me alcanzó las fabulosas revistas SENSACION! y PROXIMA.

Espero en breve tener algunas fotos para colgar de este evento.

He aquí el cuento:

Estrategias

Miyamoto Mushashi miró al mensajero. Con un gesto le indicó que hablara luego de señalarle a su adversario el tablero del go. Era su turno.

Su sobrino Saîto fue raptado ―dijo resoplando e inclinándose.

¿Qué quieren? ―preguntó mirando nuevamente el juego, sin inmutarse.

Que vaya a rescatarlo ―respondió en un susurro―. Quieren su vida por la de él.

¿Cuándo y dónde? ―preguntó y crispó la mano en el puño del katana.

Esta noche en el claro del bosque ―dijo, y se apartó un poco al ver el gesto del samuraî.

Ve y diles que iré ―respondió soltando el arma.

El mensajero saludó y partió corriendo. Saîto atrapado por los ninjas, pensó mirando a su oponente a quien saludó ceremoniosamente antes de levantarse. Caminó hasta la arena. Con el dedo dibujó un cuadriculado de siete por siete y puso dos guijarros blancos, uno en la esquina y otro más en la intersección que le seguía. Luego puso en cada cruce cuatro negros acorralándolos. Su adversario lo vio de lejos agachado, mirando el suelo. Él pensó un largo rato, de pronto sonrió y partió a paso calmado a prepararse.

La luna llena iluminaba el bosque. Mushashi caminó hasta ver a Saîto atado a un cerezo con las manos amarradas hacia atrás. Desenfundó el katana y miró con cuidado pero no pudo distinguir a ningún enemigo. Si trataba de desatarlo, debería guardar su arma y los matarían. Eso si podía acercársele sin ser antes rodeado.

Corrió hasta su sobrino y sin dudar le cortó la garganta, y armó la guardia delante de Saîto, quien se desangraba sostenido por sus ataduras. Los ninjas desconcertados salieron de su escondite y lo atacaron. Silbó el katana y Miyamoto le rebaño el cráneo a uno, con el mismo impulso giró y le abrió el vientre a otro, de donde cayeron humeantes los intestinos. Un tercero lo atacó de atrás; Miyamoto se arrodilló y girando le clavó el katana en el abdomen. Con un grito liberó el arma y cortó de abajo hacia arriba en un círculo letal a otro que saltó a su lado con el sable en alto. Se paró, limpió la sangre del katana sacudiéndolo, caminó por el bosque hasta estar seguro de estar solo y envainó de espaldas a un árbol, pidiéndole a los dioses que le hagan comprender a su hermana la muerte de su hijo. Caminó hasta el cerezo, desató el cadáver, lo envolvió con su capa y lo cargó emprendiendo el camino de regreso.


En la arena, bajo la luna, el tablero de siete por siete tenía dibujado otra retícula pegada a la anterior; cinco guijarros habían sido quitados y en lo que era ahora casi el centro quedaba uno, blanco.

Mushasi dejó con cuidado el cuerpo de Saîto en el suelo. Tomó las piedras que yacían al lado del improvisado tablero de go. Cabizbajo las tiró una por una al estanque que le pareció una mancha de sangre negra, tan negra como la derramada en el bosque por el efecto de la luz de la luna, y pensó en el juego que había dejado pendiente; en aquel no podía agrandar el tablero.


jueves 20 de noviembre de 2008

¿Qué es el Software libre?

Exhorto

Libérese y libere su mente. El software libre es un movimiento ético con alcances incalculables que crece dia a dia. No mendigue más por el uso de su propia computadora, salga al mundo diverso y salvaje de la verdadera informática, ¡la que es libre!


A pesar de la abundante información que hay en la red, creo que a los legos en informática, los "usuarios", no les queda nada claro qué es el software libre, este es un intento por explicarlo. Ustedes los lectores me dirán si lo he logrado.

La trampa

Cuando usted adquiere un paquete de software, supongamos un Office de Microsoft, compra una licencia de uso. El CD que viene en una cajita con algún manual de instalación o uso es sólo el soporte del software que usted va a usar en su computadora y bajo ciertas condiciones que le da el productor del software o empresa desarrolladora.

Tomemos como ejemplo Microsoft Word. Puede usarlo en una sola computadora, por más que usted tenga dos o más en su casa u oficina. Si instala el procesaro de textos mencionado en otra máquina, sea suya o la de un amigo, está rompiendo con la licencia de uso que le dió Microsoft y que usted aceptó en algún momento de la instalación, cuando hace "clic" aquí y allá despreocupadamente.



Ahora usted está preso de una lógica de hierro, lo privaron de su libertad, debe elegir entre la amistad o la ley, porque si le copia el software a un amigo rompe con la licencia de uso y por lo tanto con la ley. Es por eso que este tipo de software se lo denomina software privativo.

Porque no sólo aceptó la licencia sino que hizo toda una serie de complejas operaciones como poner claves, llamar por teléfono para que la activación y otras cosas por el estilo.

Es decir que no sólo pagó por un permiso, sino que además ocupó bastante de su tiempo en que la empresa editora, en este caso Microsoft, se ocupara de que usted se impidiera a sí mismo el uso del software en otras computadoras.

¡Libertad, libertad, libertad!

Supongamos que usted no tenga que andar haciendo malabares para comprar licencias más baratas para su organización, empresa o casa y pueda instalar todas las veces que quiera el software que necesita, en este caso un procesador de texto.

Supongamos que se lo pueda dar libremente a un amigo que lo necesita y con lo que le soluciona un problema.

Supongamos que usted es programador y quiera agregarle funcionalidades al procesador de texto y compartir con otros sus mejoras.

¡Con el software libre puede!

El software libre le garantiza a usted cuatro libertades, a saber (extraído de la Wikipedia):

Libertad 0 Libertad 1 Libertad 2 Libertad 3
Ejecutar el programa con cualquier propósito (privado, educativo, público, comercial, militar, etc.) Estudiar y modificar el programa (para lo cual es necesario poder acceder al código fuente) Copiar el programa de manera que se pueda ayudar al vecino o a cualquiera Mejorar el programa y publicar las mejoras
Es importante señalar que las libertades 1 y 3 obligan a que se tenga acceso al código fuente.
La "libertad 2" hace referencia a la libertad de modificar y redistribuir el software libremente licenciado bajo algún tipo de licencia de software libre que beneficie a la comunidad.


Y además, la mayoría de las veces, el software libre es GRATIS.

Si usted quiere saber más del tema, puede buscar en los siguientes lugares:

Sitio de la Fundación Software Libre, fundada por Richard Stallman
Sitio del Proyecto GNU

jueves 23 de octubre de 2008

Una heroína anónima

Este homenaje a mi madre fue publicado en el diario El Litoral de Santa Fe

Esta es la historia de una heroína anónima. Su historia de heroína comienza cuando muere su esposo, al que a todas luces quería con toda su alma: aún luego de cuarenta y tantos años se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de él. No sé cómo hizo para seguir adelante con su dolor; sus hijos eran pequeños.

En aquellos años era poco común que una mujer se encargara de una explotación agropecuaria, pero ella tomó los campos que su esposo había heredado de sus padres y los manejó con mano de hierro. Sus logros desmentían su pasado como ama de casa y artista, como madre de tres pequeños hijos, que cocinaba como los dioses. Ahora andaba a caballo por los montes, discutía los precios con los duros campesinos y creaba nuevos negocios, todo con un sentido común asombroso, con el afán propio de quien pone todo su ser en algo.

En aquellos años, toda vestida de negro, se la veía llorar en los rincones y luego arrear el ganado a caballo a despecho del machismo que campeaba hace tantos años y que aún está entre nosotros. No puedo enumerar aquí las cosas que hizo, la cantidad de empresas que acometió, en las cuales tuvo más o menos éxito.

El mayor de sus hijos tenía catorce años cuando salió corriendo atrás del colectivo que lo llevaría a su casa. Quizás la alegría de haber salido antes del colegio hizo que saliera disparado atravesando la plaza que lo separaba de la parada. En el semáforo estaba detenido un colectivo y tenía la oportunidad de alcanzarlo. Cae cuando trata de subir, el colectivo pisa ambas piernas del muchacho, estando desparramado en el pavimento.

Sólo habían pasado cuatro años de su viudez, ahora su hijo estaba a punto de morir o de quedar sin una o dos de sus piernas. Quiso lo mejor para él y dejó todo para atenderlo, todos sus negocios, aquello que había edificado con ahínco.

Puedo hablar de la alegría de nuestra heroína cuando vio que su hijo estaba vivo y no muerto como lo suponía.

Los médicos aconsejaron la amputación de las dos piernas en el acto para evitar la gangrena y la muerte, pero ella decidió que no tenía que ser así. En esa situación una amiga le trajo la noticia de un nuevo método para tratar estos tipos de accidentes. Esta mujer no dudó en llevar a su hijo a otro sanatorio donde luego de incansables noches en vela y de olvidarse de sí misma logró hacer que este muchacho de catorce años conservara sus dos piernas.

Una de ellas, la izquierda, le recuerda a su hijo -es decir a mí- su inmenso coraje. No sólo me dio la vida, sino que cuidó mi integridad física a pesar de todo y de todos. Y de paso me dejó una lección vital de tenacidad, fortaleza y voluntad. Valga este homenaje a mi madre: otra heroína anónima.

lunes 8 de septiembre de 2008

Cuidado al cruzar la calle

Este cuento fue publicado en la revista Axxón

Caigo como en esos sueños en los que uno termina despertándose; pero esta caída es larga, muy larga. Por fin abro los ojos y giro la cabeza con dificultad. Siento el cuerpo ajeno.

—Gustavo, ¿estás? —¡La voz de mi ex! ¿Qué hace aquí?

Siento las palmas de las manos pegadas a una mesa que salta y se mueve, golpeando contra el suelo. Hago fuerza para apartarlas pero es imposible, la mesa no se deja de mover.

—Rajá de acá, ¿que querés? —me oigo decir.

—¿Dónde escondiste la plata?

—Ni pienso decirte. —No controlo ni modulo la voz, que suena chillona y agresiva.

—¡Gustavo! ¡Decime donde está el dinero! —grita mi ex, roja de ira.

Levanto la cabeza y sonrío irónicamente. —No —respondo. Y me quedo mirándola.

—Sos la misma basura de siempre! ¡Me cagaste la vida y me la seguís cagando!

Ahora además de gritar golpea la mesa con furia.

Disfruto del momento un poco más. La hija de puta sos vos, que lo único que te interesa es saber el lugar donde escondí la guita. No puedo sostenerme erguido y los párpados se me cierran.

Miro mis manos y veo las uñas pintadas de rojo fuerte. Algo —¿un pañuelo?— envuelve mi cabeza. Abro grande la boca y emito un grito gutural de dolor y de angustia. Siento en mis tripas que no me queda mucho tiempo más allí. En la mesa redonda y de color oscuro veo una hoja de papel y un lápiz; los uso para hacer un dibujo frenético usando trazos gruesos y espasmódicos.

Espero que la boluda entienda el mapa. Apenas creo pensar eso, me derrumbo sobre la mesa.

Imágenes en tropel caen en mi conciencia. Se me cierran los ojos. El cuerpo se sacude con violencia y me siento expulsado hacia la derecha. Asombrado, veo a mi ex sentada frente a una mujer menuda que se convulsiona, tirada sobre la pequeña mesa oscura. ¿No estaba yo allí, recién? Quiero volver a mirar mis manos pero no puedo. Algo me tira hacia atrás y hacia arriba.

—¡Gustavo, Gustavo! —solloza Viviana, y mira el papel que arrancó de las manos de la mujer de uñas rojas.

¿Quién me llamó así hace poco? ¡Ah, si!, ahora recuerdo: fue cuando me di vuelta al cruzar la calle y no vi el camión. No me dio tiempo a nada. Qué extraño fue sentir el golpe sin dolor alguno, adormilarse y saber que por fin todo ha terminado; claro que no del todo, sino esa falsa rubia no podría haberme traído de vuelta.

—Usted y su marido no se llevaban bien. —oigo decir a la mujer de uñas rojas mientras se acomoda el pañuelo que sostiene su cabello teñido.

—Mi EX marido, mi EX marido; y no sabe la vida miserable que me hizo llevar. —Veo temblar a Viviana mientras mira el papel arrugado.

—Bueno, bueno: me debe cien pesos, señora.

—¿Por cinco minutos?

—Claro, pero ahora sabe dónde escondió él la platita, ¿eh?

Es lo último que escucho. Mi vieja me dijo siempre lo mismo: "Gustavo, cruzás la calle sin mirar, algún día te va a pasar algo". Tenía razón. Ojalá me encuentre con papá: tengo tantas cosas para contarle.

La misericordia del velo de la inconciencia me va liberando. Si me llaman otra vez, no seré tan pacífico.

miércoles 23 de abril de 2008

Enseñanzas de mis jefes o Leyes Universales para Quedar Bien

En mi vida tuve varios jefes y compañeros de trabajo. Algunos se quedaron olvidados en los rincones de mi memoria, otros ejercieron mucha influencia en mí.

De todos estas experiencias saqué las siguientes Leyes Universales para Quedar Bien o LUQB

Las LUQB se aplican en todo ámbito laboral. Aplíquelas y automáticamente será exitoso en donde esté. Eso si; luego tendrá que mantener su posición con algo de trabajo real, ¡no queda otra!

Primera Ley: Salude y salude.

Salude a su jefe cuando llega a su lugar de trabajo y saludelo cuando se vaya, invariablemente. Eso tendrá el efecto de hacer de usted alguien visible dentro de la organización. ¡Y va a tener que llegar e irse a horario! Esta simple regla lo diferenciará y hará de usted a los ojos de los jefes una persona amable y predispuesta. Rápido y eficaz.

Segunda Ley: No pida café en las reuniones.

Veamos la siguiente situación. Todos llegan e instantáneamente piden un café, té o mate cocido. Se pasan el azúcar y dicen "Gracias, gracias" Un caos.

Usted en cambio no dice nada y cuando le pregunta: -¿un cafecito? dice fuerte y sonoramente: -No, gracias. Eso hace que se fijen en usted y piensen porqué no toma café, si será alguna clase de vegetariano extraño o algun objetor de conciencia de los recolectores de café o cosas por el estilo.

Usted sonría y esté listo antes que todos para comenzar la reunión. Efecto: logró captar la atención, lo van a escuchar lo que tenga que decir al menos para saber que bicho raro es usted y quizás su jefe piense: "Que eficiente es, ni toma café para trabajar".

Tercera ley: Póngase al lado del jefe.

Físicamente me refiero. Al sentarse a almorzar. Al sentarse en las reuniones. Cuando vayan de viaje. Si: aunque su jefe sea insoportable e inoperante (¡es lo que pensamos todos de nuestros jefes!)

El efecto va a ser que los demás lo asimilen como algo relacionado con el jefe: amigo, compañero de algún deporte o de copas, confidente, lamebotas o lo que sea. Instantáneamente tendrá un poco del poder que se deriva de la cercanía. ¿Y a quién no le gusta ser adulado? seguro que a nuestro jefe si.

Cuarta ley: Váyase después

Es una ley difícil de cumplir pero altamente eficaz. Váyase después que se vaya el jefe. Aunque él sepa que usted lo hace para impresionarlo, hará efecto de todos modos. Basta con que usted salga detrás de él luego de unos minutos. ¿Será tan trabajador y dedicado como parece? Es la duda que clavará en la mente de todos.

Quinta Ley: mantenga su escritorio limpio y libre de papeles.

La mente mediocre hace la siguiente relación: limpio y ordenado = eficaz y dedicado. Un escritorio y lugar de trabajo ordenado hace que piensen que usted tenga una mentalidad similar a su escritorio.

Sexta Ley: vista bien.

Si bien la puse en este orden (sexto) es MUY importante. Vaya bien afeitado y peinado si es hombre y como sea que tenga que ir correcta si es una mujer (no soy mujer). Fundamentalmente no vaya mejor vestido que su jefe inmediato, pero casi. La ropa es una marca de distinción como las plumas de los pavos reales y quien diga lo contrario no vive en el mundo real. Si usted quiere vestir como se le de la gana realmente tiene que ser brillante e imprescindible. Ahora bien si usted es brillante e imprescindible, imagine el éxito que obtendrá vistiéndose bien.

Séptima Ley: Pida.

Sea valiente, quítese la timidez: pida computadora, escritorio, oficina, aire acondicionado, aumento de sueldo. Si pide el jefe notará que usted se valora y por lo tanto ES valioso: ¿comprende?

Espero que estas LUQB (Leyes Universales para Quedar Bien) las cuales curiosamente son siete, le den el éxito y el triunfo en la vida que usted se merece.










jueves 3 de abril de 2008

El vagabundo

Este cuento fue publicado en la revista Axxón


Miraba a lo lejos el pico oculto tras la bruma de la mañana. Llegaba el fin de su Musha Shugyo, el viaje en el que había probado su valor, habilidades y desprecio por la muerte, venciendo a incontables guerreros en duelo singular.

Siempre atento, siempre vigilante, en continuo sanshin, avanzaba paso a paso para
llegar al muro de piedra en cuya cumbre casi inaccesible se encontraba el Kami que lo haría invencible.

Viejos dolores le recordaban algunos duelos casi perdidos: aún así debería continuar recto y puro como su katana, símbolo de su clase y su rango.

Sólo el samurai con el suficiente coraje y decisión podría traspasar el bosque custodiado por el Shogun más feroz, y recorrer luego el larguísimo camino plagado de peligros y absolutamente inhóspito para llegar al comienzo del risco oscuro y sin nombre clavado a pique y en medio de la nieve, con escasísimos puntos por donde escalar.

Arriba, en el techo de la montaña, estaba el templo construido siglos atrás por monjes innombrables de quien nadie había vuelto a oír jamás. Eran tres días con sus noches de interminable ascenso por el muro vertical.

Se subió a las ramas de un pino para dormir a la manera ninja: inmóvil e invisible. Aún en ese estado cualquier sonido o movimiento lo percibiría: sólo así había podido sobrevivir a sus incontables enemigos.

A la alborada se bañó en agua helada en una cascada, sentado en sazen, estático,
imperturbable.

Luego del mishogi reemprendió la marcha. Todo le pesaba en ese aire diáfano y sutil de la montaña a medida que ascendía y ascendía.

La luna llena mostraba su rostro anaranjado en el horizonte cuando llegó a la pared
interminable.

En un hueco en la roca y de cara al viento helado pasó la noche plagada de voces guerreras y de fantasmas agonizantes.

Con el sol naciente comenzó su ascenso. Paso a paso: hiriéndose las manos y pies en las piedras afiladas, sin descanso.

Su ropa se rasgaba cuando sus pies o manos no encontraban apoyo o sus músculos agotados dejaban de responder a la voz de su voluntad inquebrantable. Su katana sobre su costado a veces pesaba toneladas; así le recordaba quién era y el camino que había tomado.

Descansaba sobresaltado en cornisas misérrimas, bebía la nieve apelotonada en los huecos, comía los pocos líquenes y musgos que crecían en ese ambiente. Pero nada lo detenía de su deseo por ser un guerrero imbatible. El Kami de la montaña le daría el secreto para serlo; eso le habían dicho los monjes en aquel monasterio perdido donde
sobrevivían sólo algunos pocos de edades asombrosas.

En sus descansos repasaba una y otra vez el rito de acercase al Shomen, los sonidos sagrados a emitir, el momento exacto de sentarse en seiza, de saludar con respeto máximo, de presentar sus armas; cualquier duda o error lo deshonraría y seguramente no obtendría el preciado secreto.

Exhausto, llegó al techo donde estaba el templo. Pasó debajo del torii para entrar en el espacio mágico del Kami que esperaba en el Shomen en aquella cueva que se distinguía en el aire diáfano. La entrada completamente limpia emanaba olor a muerte y peligro. Con cuidados extremos se inclinó ante el lugar sagrado y comenzó la larga e intrincada ceremonia.

Con cuidado, puso en el Shomen, a modo de ofrenda, el poema que había escrito hace
muchos años en sus primeros pasos del Bushido:

Quiero ser ese katana que velo de noche,
en las profundidades de mi alma.
Brillante katana de acero mordaz y fuerte:
Corta las tinieblas para que vea la luz.
Paso a paso lustro su filo,
minuto a minuto se adapta a mi brazo,
me hago uno con él.
Me preparo para ese último acto imponente.
Me preparo para la lucidez azul.
Me preparo para no dudar un momento.
Cortar sin dudar mi duda, en mi acto final,
fatal.



Su cuerpo dolorido y extremadamente cansado apenas se sostenía sentado en actitud
meditativa. El dolor de heridas y raspones en todo su cuerpo, el hambre y la sed, apenas lo dejaban continuar inmóvil; pero una vez terminada la ceremonia sería un guerrero perfecto.

Cae la noche y el Kami permanece mudo, no aparece ante sí para enseñarle sus secretos. Su imagen no se mueve para mostrarle los movimientos exactos.

El vagabundo revisa una y otra vez el rito ejecutado, sin encontrar falla alguna. Su
impecabilidad lo llevó hasta allí; y su obediencia total de samurai le hace emprender el regreso sin una queja.

En ese momento, una vibración mínima en el aire hace que desenvaine, cortando para quedar en guardia: sonido de acero que sale volando de la vaina, brillo fugaz lunar en la hoja afilada con miles de filos, corte a algo oscuro e informe, exhalación del aire contenida.

Una cabeza con ocho ojos y cerdas lo mira con ojos negros y brillantes como la noche que cae: una cabeza separada limpiamente del cuerpo enorme que se desploma sobre sus ocho patas. El katana no está teñido de rojo, sino de alguna clase de fluido pringoso y transparente.

Sacude el katana en chiburi luego de cortar en dos el cuerpo y permanece atento. Silencio.
Enciende una vela en medio de la noche para observar a su enemigo: cerdas negras sobre el cuerpo negro, mandíbulas poderosas ávidas de sus jugos corporales y atrás, en un recodo, incontables cuerpos resecos y mohosos de quienes han buscado el mismo secreto que él ahora se lleva: Lo sabía, si había un guerrero a quien el Kami de los ocho ojos de la montaña inaccesible le debía el secreto de la invencibilidad absoluta, ese guerrero era él.

Ahora sí, enfunda su arma con precisión y calma absoluta: es hora de emprender el regreso.